Carmen Jones se sentó en el sofá de la suite como si fuera la dueña del hotel.
No del cuarto. Del hotel.
Laura permaneció de pie junto a la ventana. Madrid detrás, oscuro ya, luces encendidas en cada edificio como ojos que vigilaban.
Pulsó grabar en el teléfono.
Lo dejó en el bolsillo.
—Estás más delgada. —Carmen la examinó con calma—. Más dura. Nueva York te pulió. Lástima que no te enseñó a quedarte donde te ponen.
—Tiene diez minutos —dijo Laura.
Carmen no se inmutó.
—Muy bien. —Cruzó las ma