La suave luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de seda en la sala de cuidados VIP del Hospital Valderrama, iluminando el rostro de Valentina, que aún se veía pálido pero irradiaba una felicidad indescriptible. En sus brazos, envuelto en una suave manta azul claro, su pequeño hijo dormía profundamente tras la dramática lucha de la noche anterior. El aroma característico y tranquilizador de un bebé parecía ser el mejor analgésico para las heridas de la cirugía y los traumas pasados de Valentina.El ambiente en la habitación era extremadamente silencioso, acompañado únicamente por la respiración regular del bebé y el ritmo más lento del monitor cardíaco, indicando que la condición física de Valentina comenzaba a estabilizarse. Sin embargo, fuera de esa sólida puerta de madera, el mundo exterior seguía intentando entrar: con curiosidad, con interrupciones y, para algunos, con la intención de destruir esta paz.Sebastián permanecía de pie junto a la gran ventana, mirando
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