Los pasos de Valentina sobre la alfombra roja de la catedral resonaban como latidos del corazón, tranquilos pero firmes.
Cada paso no era solo un cambio de posición, sino una declaración simbólica: había salido de la oscuridad para adentrarse en la luz que ella misma había construido con sus propias manos.
A su izquierda, caminaba Miguel con la cabeza bien alta; su mirada aguda recorría las filas de invitados, no por temor a amenazas pendientes, sino porque él era el guardián del honor de su