La luz del sol de la mañana que se filtraba por las rendijas de las cortinas de la habitación VIP ya no resultaba deslumbrante para Valentina. Si hace unos meses, la luz del amanecer solía traerle recuerdos amargos de desalojos y soledad, esta vez la mañana traía consigo una fragancia de esperanza tangible. Sobre la mesita de noche, seguía allí la carpeta negra que contenía los títulos de propiedad de la clínica, que el abuelo le había entregado la noche anterior: una prueba física de que la tormenta de la conspiración corporativa había comenzado a amainar.¿Todavía no lo crees? preguntó la voz de Sebastián desde el sofá. El hombre acababa de cerrar su computadora portátil; sus ojos, cansados pero siempre atentos, miraban a Valentina con esa ternura que solo reservaba para su esposa.Valentina desvió la mirada de la ventana hacia él.Se siente como un sueño muy largo, Sebastián. Desde que me vi obligada a marcharme a otra ciudad como enfermera anónima, hasta ahora, cuando tengo la r
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