El sonido rítmico del monitor cardíaco en la sala VIP del Hospital Central de Bogotá se convirtió en la única melodía que acompañó el silencio de aquella noche.
Valentina permanecía acostada en la cama; su rostro pálido contrastaba notablemente con la almohada de seda blanca sobre la que reposaba su cabeza.
Los fármacos tocolíticos seguían fluyendo lentamente a través de la vía intravenosa en el dorso de su mano, trabajando arduamente para calmar su útero, que se había alterado gravemente a c