El rugido del motor del automóvil que conducía Valentina atravesaba el silencio de la noche bogotana, dejando tras de sí una estela de humo y las llamas del enfrentamiento que tenía lugar en la antigua residencia de Don Alejandro. Respiraba con dificultad, aferrándose al volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. En su mente, la imagen de Sebastián, erguido frente a los hombres de su abuelo, giraba una y otra vez como una cinta dañada. Aquel hombre el dragón que durante tanto tiempo la había mantenido encerrada acababa de abrir las puertas de su jaula con sus propias manos.Valentina no perdió ni un segundo. Se deslizó hasta la mansión principal utilizando el camino trasero, que los hombres de Sebastián habían dejado libre para ella. Con movimientos rápidos y precisos, sacó a Mateo de su cuna. El bebé se removió ligeramente, pero no despertó, como si intuyera que su madre estaba librando una batalla por la supervivencia de ambos.Nos vamos, mi amor. Nos va
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