El viento del puerto, cargado del aroma de la sal y el hierro oxidado, barría el muelle número 14 y agitaba la chaqueta negra que Sebastián llevaba desabrochada.
Frente a él, Isabella permanecía de pie con los ojos desorbitados y una mirada salvaje un contraste aterrador con la imagen de mujer elegante que antaño fuera admirada en las portadas de las revistas de la alta sociedad.
El detonador que sostenía en la mano brillaba bajo las luces de mercurio que parpadeaban con intermitencia.
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