El frío suelo rocoso de la cueva se sentía como hielo que penetraba la piel, pero Valentina ya no podía sentirlo. Su conciencia flotaba al borde de la oscuridad, un vacío donde el estruendo de la cascada sonaba como el retumbar lejano de tambores de guerra. Su rostro, pálido como la muerte, contrastaba con las manchas de sangre roja que ahora comenzaban a secarse en su ropa.¡Señora! ¡Despierte, Señora! gritaba Mateo sacudiendo su hombro con desesperación.Las manos de Mateo, usualmente firmes al sostener un arma, ahora temblaban violentamente. Él era un soldado, entrenado para enfrentar balas y explosiones, pero no para lidiar con una hemorragia gestacional en una mujer que cargaba sobre sus hombros el peso de todo un imperio médico.Santiago, percibiendo la tensión en la cueva, comenzó a lloriquear débilmente en su cesta de mimbre. El llanto del bebé fue como el único hilo que tiraba de Valentina para traerla de vuelta desde la oscuridad. Abrió los ojos lentamente, sus pupilas s
Leer más