El suelo caliente del desierto reflejaba la luz abrasadora del sol, creando espejismos en el horizonte.
Valentina caminaba con pasos pesados, levantando polvo fino con cada movimiento que hacía que su garganta, ya seca, se sintiera aún más cerrada.
Apretó más su abrazo alrededor de Santiago; el bebé ya no se movía, sino que yacía débil contra su pecho, agotado y levemente deshidratado.
Detrás de ella, Mateo y el conductor del camión cisterna de los rebeldes locales un hombre tatuado llamado J