El autobús interdepartamental que transportaba a Valentina se detuvo con un brusco sacudón en la Terminal de Transportes de Cali, justo cuando el sol comenzaba a brillar con una intensidad abrasadora, un fuerte contraste con el aire frío de Bogotá que acababa de dejar atrás. Valentina descendió con pasos inseguros. Su cabeza aún palpitaba por el golpe sufrido en el accidente de la camioneta la noche anterior, y la herida en su frente ya estaba seca, dejando una marca rojiza que intentó ocultar tras su desaliñado flequillo.Respiró hondo. El olor a humo de escape, el aroma de empanadas fritas en los puestos cercanos y la húmeda atmósfera típica de la ciudad tropical la recibieron. Allí, en esta ciudad conocida como la capital mundial de la salsa, nadie la conocía como la Dra. Valentina Morales, galardonada como la mejor neurocirujana. Aquí, no era más que una mujer fugitiva, con ropa raída y ojos que guardaban demasiados secretos.¿Busca hospedaje, señita? le ofreció sus servicios u
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