El mar Caribe nocturno no es amigo de quienes huyen. Sus aguas, negras como la tinta, parecían un abismo dispuesto a tragarse a cualquiera que se atreviera a desafiarlo en una pequeña y vieja embarcación de pesca. Valentina se aferró con fuerza a la borda cuando la primera ola golpeó el casco, salpicándole el rostro con agua salada y helada.¡Manteneos bajos, señorita! ¡No encendáis ninguna luz! gritó Fabio desde la popa, su voz apenas audible por el rugido del motor, al que había cubierto con alfombras mojadas para amortiguar el sonido.Valentina se agachó lentamente, protegiendo a Miguel, que yacía sobre un montón de redes. En su pecho, Santiago permanecía atado firmemente con un pañuelo. El bebé parecía inquieto, pero quizás agotado, solo emitía pequeños quejidos que se perdían entre el estruendo del mar.Miguel... háblame, hermano susurró Valentina mientras le tomaba el pulso.Su latido era rápido y débil. Las sacudidas brutales estaban afectando gravemente su estado postoperato
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