El aire del amanecer en Puerto Silencio pesaba como un trapo mojado, salado y húmedo.
El rugido del viejo motor diesel rompía el silencio opresivo. Bajo la tenue luz que emanaba del porche de la clínica, el Dr. Manuel hacía señas a un hombre corpulento con una gorra sucia y descolorida: Carlos, el conductor del camión.
Recuerda, Carlos, son mi familia. No te detengas en los puestos de control a menos que sea estrictamente necesario susurró Manuel mientras le entregaba una botella de licor loca