El frío suelo rocoso de la cueva se sentía como hielo que penetraba la piel, pero Valentina ya no podía sentirlo.
Su conciencia flotaba al borde de la oscuridad, un vacío donde el estruendo de la cascada sonaba como el retumbar lejano de tambores de guerra.
Su rostro, pálido como la muerte, contrastaba con las manchas de sangre roja que ahora comenzaban a secarse en su ropa.
¡Señora! ¡Despierte, Señora! gritaba Mateo sacudiendo su hombro con desesperación.
Las manos de Mateo, usualmente firme