El rugido amortiguado de los motores del jet privado cortaba las nubes en su trayecto de vuelta a Madrid. En la lujosa cabina, Elena permanecía en silencio, con la mirada perdida a través de la ventanilla. Su mente seguía anclada en lo sucedido en el hotel esa mañana.Sinceramente, se sentía fuera de lugar. No esperaba que Diego pudiera ser tan agresivo; no le había dado ni un respiro, asediándola hasta dejarla completamente exhausta. Su cuerpo aún se sentía débil y, cada vez que recordaba los detalles de lo ocurrido, el calor subía por sus mejillas de forma automática.A diferencia de Elena, que no sabía dónde meterse, Diego se veía radiante. Su rostro estaba iluminado, lejos de la expresión rígida que solía mostrar. En varias ocasiones, Elena lo pilló sonriendo para sí mismo mientras leía algo en su tableta.—¿Quieres beber algo? —preguntó Diego suavemente. Su voz sonaba mucho más cálida ahora.—No, gracias, sigo llena —respondió Elena con brevedad, intentando disimular su inco
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