Los pasos de Elena pesaban mientras entraba de nuevo en la mansión, que ahora se le antojaba un nido de víboras. En su mano, estrujaba con fuerza una hoja con el logotipo dorado de Montenegro Group. Ese papel era la prueba viviente de la crueldad del hombre que, hacía apenas unas horas, la había tratado como si fuera el centro de su universo.
Elena no se quedó en el salón. Fue directa a su habitación y se sentó en el borde de la cama, en penumbra, dejando que la rabia y el dolor consumieran l