Elena se limitó a encogerse de hombros ante el cambio drástico en la expresión de Diego. No quería entrometerse. Como hija de un empresario, sabía perfectamente que una llamada de emergencia sobre negocios podía transformar el humor de cualquiera en un segundo. Su padre solía ser igual; su tono calmado se volvía gélido en cuanto surgía un problema en la oficina.
Para un hombre del nivel de Diego Montenegro, los grandes problemas eran el pan de cada día.
Elena decidió recostarse de nuevo con