—Seguro que lo editaste —lo acusó Elena. No podía creerlo. En toda su vida, jamás había hablado en sueños, y mucho menos cometido una locura como la que aparecía en ese video. Era imposible.Diego, por el contrario, soltó una risa baja. —Estoy demasiado ocupado como para recurrir a trucos tan baratos.Elena apartó la vista y le devolvió el teléfono con un movimiento brusco. —¿Quién sabe? Has sido lo bastante astuto para valerte de cualquier artimaña con tal de pisotear mi orgullo. ¿No es ese tu estilo, señor Montenegro? Ahórrate tus negativas, porque no te creeré jamás.Elena se dio la vuelta, dispuesta a marcharse. Sin embargo, en un parpadeo, Diego la tomó de la mano y la rodeó por la cintura. La atrajo hacia él con tal fuerza que sus cuerpos quedaron pegados, sin un milímetro de distancia. Elena se quedó sin aliento, con los ojos de par en par, observándolo desde una cercanía peligrosa. Por puro instinto, tragó saliva al ver cómo la nuez de Adán de Diego subía y bajaba frente a
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