Daniel no se movió ni un ápice. En lugar de temblar de miedo, soltó una carcajada seca; una risa que resonó desafiante en el silencio sepulcral del balcón.
—¿Eso es todo? —desafió Daniel. Dio un paso al frente, acortando la distancia con Diego—. Siempre escondiéndote detrás de tus guardaespaldas y de tu dinero, Montenegro. Todos ahí fuera piensan que eres un hombre admirable porque siempre pareces calmado y profesional. Pero todos sabemos la verdad: no eres más que un tipo rígido sin sentimie