Elena seguía en el balcón, observando el abrigo sobre sus hombros con el ceño fruncido. Estaba sumida en una confusión total. Diego podía ser un hombre increíblemente atento y protector en un segundo, para volver a ser ese tipo exasperante y rígido al siguiente.
Sacudió la cabeza con fuerza. No podía dejarse influir. Aquellos gestos de cortesía no eran más que tácticas para que ella cediera, se doblegara y se convirtiera en la esposa sumisa que él pudiera controlar a su antojo. Elena se estre