El lunes amaneció con el peso de la culpa, pero no una culpa divina, sino una terrenal y vibrante. Tenía el cuerpo marcado por el recuerdo del confesionario y la mente dispersa en los ojos avellana de Idara. Sabía que no podía guardar este secreto a solas; en Butimerin, las paredes tienen oídos, y si alguien iba a enterarse de mis pecados, prefería que fuera la sangre de mi sangre.Le conté todo. Desde el beso en el coche hasta la audacia de Idara en el confesionario mientras Ignacia De La Rosa pretendía tentarme al otro lado de la rejilla. Esperaba un sermón, un grito, una burla cruel. Lo que obtuve fue una carcajada sonora, un sonido que chocó contra las paredes sagradas como un acto de rebeldía.—¿Así que el "Padre Joel" estuvo impartiendo bendiciones especiales tras la rejilla? —Simona soltó una carcajada que resonó en toda la cocina, casi atragantándose con su café.—No te burles, Simona. Esto es serio —le advertí, aunque sentía que mis propias orejas ardían de vergüenza—. Ella a
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