La opulencia de la hacienda De La Rosa me resultaba asfixiante. El brillo de las cristalerías y el murmullo constante de los hacendados hablando de precios de exportación y tratados comerciales eran el ruido blanco de una sociedad que me quería encasillar. Yo, de pie entre Simona e Idara, me sentía como un intruso con un disfraz de gala que me apretaba el alma.
—Mira a Samuel —susurró Simona, señalando con la barbilla hacia un rincón del salón—. Parece que está a punto de morder a alguien.
Mi h