El espacio del confesonario siempre me había parecido una tumba de madera, un lugar donde los secretos morían para alimentar el polvo. Pero esa tarde, el calor era distinto. No era el bochorno de Butimerin, sino un incendio vivo que respiraba contra mi pecho.
—He tenido pensamientos, Padre Joel... —continuó Ignacia al otro lado, ignorando que el hombre al que deseaba estaba siendo devorado por otra—. Me imagino desabotonando esa sotana, centímetro a centímetro. Me imagino lo que hay debajo de e