El lunes amaneció con el peso de la culpa, pero no una culpa divina, sino una terrenal y vibrante. Tenía el cuerpo marcado por el recuerdo del confesionario y la mente dispersa en los ojos avellana de Idara. Sabía que no podía guardar este secreto a solas; en Butimerin, las paredes tienen oídos, y si alguien iba a enterarse de mis pecados, prefería que fuera la sangre de mi sangre.
Le conté todo. Desde el beso en el coche hasta la audacia de Idara en el confesionario mientras Ignacia De La Rosa