Entré corriendo a la sala del hospital, sintiendo cómo el eco de mis pasos golpeaba con urgencia las baldosas blancas que, cinco años atrás, habían sido testigos del capítulo más oscuro de nuestra historia. Pero esta vez, el aire no pesaba; no había olor a metal retorcido ni el sabor amargo de la tragedia inminente. Esta vez, la atmósfera estaba cargada de una espera eléctrica, de esa fragancia a vida nueva que solo se respira en las alas de maternidad.—¡Enfermera! —exclamé, deteniéndome frente al mostrador principal con la respiración entrecortada—. Idara... Idara Santos. ¿En qué sala está?—Tercer piso, sala 302, señor Santos —respondió la mujer con una sonrisa pausada, acostumbrada al torbellino de los padres primerizos.Subí las escaleras casi de tres en tres, seguido de cerca por el estruendo de los pasos de mi familia. Samuel jadeaba a mi espalda, Javier mantenía su compostura profesional aunque su corbata iba torcida, y el tío Arminio cerraba la marcha murmurando salmos de gra
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