Los días siguientes se convirtieron en una rutina fría y mecánica, como si alguien hubiera rebobinado la cinta de nuestra convivencia hasta el principio, pero peor, ahora había un vacío que antes no existía.
Por las mañanas, despertaba sola. El pasillo olía a su perfume y era el único rastro de que él había estado aquí.
En el trabajo, tampoco nada cambió, seguíamos con el mismo trato de jefe-empleada.
Por las noches llegaba al penthouse sola. El chofer me dejaba en la entrada y se iba. Subía