Mi madre se quedó congelada en el umbral, con la mano todavía en el pomo de la puerta que acababa de abrirse para la enfermera. El café que Sebastián le había traído temblaba en su otra mano, a punto de derramarse. Mi padre, apoyado en el bastón, frunció el ceño más profundo, la respiración pesada convirtiéndose en un silbido corto.
—¿Señora Blackwood? —repitió mi madre, casi sin voz—. ¿Su esposa?
La enfermera se detuvo, bandeja en mano, notando la tensión. Miró a Sebastián, luego a mí, esperan