—Creo que iré a preparar el desayuno, por favor, no te levantes —dijo dándose la vuelta y huyendo.Unos diez minutos después, olor a café recién hecho y pan tostado llegó hasta la habitación como una invitación imposible de ignorar. Abajo se oían voces suaves, la risa contenida de mi mamá, el carraspeo ocasional de mi papá, el tintineo de platos.Estar acostada, mirando el techo, con el collarín apretándome y el cuerpo rígido, me estaba volviendo loca.Me cansé.Me incorporé despacio, ignorando el tirón en el cuello, y me puse de pie. Cada paso era una victoria pequeña. Bajé las escaleras con cuidado, apoyándome en la barandilla como si fuera una anciana de noventa años. Cuando llegué a la cocina, los tres se giraron al unísono.Mi mamá dejó la jarra de jugo a medio servir.—¿Qué haces levantada, mi amor? —dijo, con los ojos muy abiertos—. ¡Al médico te dijo reposo absoluto!Mi papá, que estaba untando mantequilla en una tostada, frunció el ceño.—Chloe, vuelve a la cama ahora mismo.
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