El grito de Magnar todavía resuena en las vigas del techo cuando las puertas del salón se abren de golpe y el equipo de sanadores entra corriendo, llamados con urgencia por Darius mágica que ha sacudido el palacio.
Magnar está de rodillas, con las manos apretadas contra su pecho, jadeando como si no hubiera aire en la habitación. Siente un agujero negro donde antes estaba el vínculo, una herida abierta en su alma que sangra más que cualquier corte de espada.
—¡Atiendan al Rey! —ordena el ancian