La habitación real está sumida en un silencio tenso, roto solo por el crepitar de la chimenea.
Lía se incorpora sin aceptar la ayuda de Magnar y se sienta en el borde de la cama, con los pies descalzos tocando la alfombra de piel. Sus movimientos son lentos, calculados, como si estuviera aprendiendo a habitar su cuerpo de nuevo tras cinco meses de ausencia.
Su mano no deja de acariciar su vientre, donde la vida se agita con fuerza, y una sonrisa sincera sale de sus labios.
Magnar está arrodilla