El Hotel Emperador había sido diseñado para hacer que la gente se sintiera pequeña de la manera más costosa posible. Sus techos de seis metros, sus arañas de cristal de Murano que derramaban luz como lluvia dorada sobre los invitados, sus mesas cubiertas con lino de hilo tan fino que parecía niebla sólida: todo conspiraba para crear la ilusión de que cualquier conversación que ocurriera bajo ese techo era, por definición, importante. Que cualquier persona que lo habitara esa noche pertenecía, por derecho de presencia, a un mundo donde las consecuencias se medían en millones y los secretos en décadas.Valeria lo sabía perfectamente. Por eso, cuando Dante le ofreció el brazo en la entrada con esa naturalidad de qui
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