El estruendo del cristal rompiéndose no fue solo un sonido; fue el eco de mi propia alma partiéndose en dos.Durante doscientos años, ese sarcófago había sido mi altar. Cada noche, antes de subir a buscar el calor de una nueva versión de ella, bajaba aquí para recordar por qué hacía lo que hacía. Elara. Mi dulce y frágil Elara, cuyo cuerpo preservé con una devoción que rayaba en la locura, esperando el momento en que su esencia fuera lo suficientemente fuerte para volver a casa.Y ahora, Amelia, el recipiente que yo mismo había moldeado con mi sangre y mi paciencia, acababa de destruirlo con un estallido de furia ciega.—¡No! —mi grito no fue humano. Fue el aullido de una bestia que ve cómo le arrebatan su única razón para no entregarse al sol.Me lancé hacia el suelo empapado, tratando de recoger los restos, de detener la desintegración. Pero era inútil. Sin el fluido, sin la protección del cristal encantado, el cuerpo de Elara se deshacía entre mis dedos como ceniza mojada. Sig
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