El aire en el ático del Aethelgard aún estaba cargado con el rastro de la energía plateada. Amelia se había envuelto en una bata de seda negra, mientras Julian, con el torso desnudo y las marcas de la batalla —y de la pasión— aún visibles en su piel, vigilaba el ventanal. El silencio era tenso, roto solo por el zumbido de los sistemas de filtración de aire.De repente, el ascensor privado emitió un pitido. No hubo explosiones, ni asaltos ruidosos. Las puertas se deslizaron con elegancia, revelando a Valerius. Estaba sola, sin su guardia habitual, vistiendo un traje de noche carmesí que parecía una mancha de sangre contra el mármol blanco del vestíbulo.Julian reaccionó en un parpadeo. En un segundo, estaba frente a ella, su mano apretando la garganta de la mujer contra la pared del ascensor. Sus colmillos estaban fuera y sus ojos brillaban con un rojo asesino.—Dame una sola razón para no arrancarte la cabeza ahora mismo, Valerius —gruñó Julian, su voz vibrando con el poder de la
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