El sol de la mañana no era un verdugo, sino un heraldo.Amelia se detuvo en la cresta de la colina que dominaba el valle de la ciudad. El disco dorado acababa de romper el horizonte, bañando las torres de cristal y los tejados de hormigón con una luz ámbar. A su lado, Julian mantenía la respiración, con los músculos tensos, esperando el dolor abrasador, el olor a carne quemada y la ceniza. Pero no llegó.La luz del sol golpeó la piel de Julian y, en lugar de consumirlo, se refractó en las runas plateadas que ahora corrían bajo su superficie, haciéndolo brillar como si estuviera hecho de polvo estelar y obsidiana.—Es real —susurró Julian, extendiendo una mano hacia los rayos cálidos. Su voz estaba cargada de una reverencia casi religiosa—. Durante doscientos años, el sol fue mi tumba. Ahora... es mi aliado.Amelia lo miró. La conexión entre ellos vibraba con una intensidad nueva. Podía sentir el asombro de Julian, pero también su hambre renovada. Ella ya no se sentía como una hum
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