El trayecto de regreso a la mansión fue un desierto de palabras. El aire dentro del coche estaba cargado de la electricidad estática que emanaba de Julian; su furia era una presencia física, un muro de hielo que Amelia no podía traspasar. Cuando los neumáticos crujieron sobre la grava de la entrada, él ni siquiera esperó a que el motor se detuviera para salir y rodear el vehículo, abriéndole la puerta con un tirón violento.
—Adentro. Ahora —ordenó Julian, su voz era un látigo de seda negra.