Capítulo 27El aire de la ciudad se sentía pesado, cargado con la humedad de una tormenta que se negaba a marchar. Sofía observaba el paisaje desde la ventana del vehículo de Miguel, sintiendo que cada kilómetro que la alejaba de la clínica la acercaba a una boca de lobo de la que no sabía si podría salir ilesa.A su lado, Miguel mantenía una mano posesiva entrelazada con la suya, su mirada fija en el frente, tensa.—No tienes que estar tan rígido, Miguel —susurró ella, rompiendo el silencio—. El doctor dijo que estoy fuera de peligro.—El peligro no es médico, Sofía —respondió él sin mirarla—. Alguien entró en mi casa. Alguien burló mi seguridad. Hasta que no sepa quién fue, nadie en esa casa es de confianza. Sofía bajó la vista hacia sus manos, que descansaban sobre su vientre. Al llegar a la mansión, el portón de hierro se abrió con una lentitud ceremonial. El jardín, habitualmente impecable, parecía ahora un laberinto de sombras. Al bajar del coche, el aire frío la golpeó, y con
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