Capítulo 20El silencio en la oficina de Fernando era espeso. Luisa cerró la puerta con mucho cuidado, su corazón martilleaba contra sus costillas, no por miedo, sino por una adrenalina ácida que le quemaba las venas.—¿Secretaria? ¿Una joya? —susurró para sí misma, lanzando su bolso de diseñador sobre el sofá de cuero—. No eres más que una piedra en mi zapato, Sofía. Y las piedras se tiran al río.Se acercó al escritorio de caoba, sabía que Fernando estaba en una reunión tratando de salvar los contratos de logística que ella misma había dejado perder con su negligencia, así que tenía tiempo. Necesitaba algo. Un error contable, un desliz de Sofía que la hiciera ver ante Miguel Ríos como la trepadora que, según Luisa, realmente era.Empezó a abrir los cajones con manos frenéticas. Carpetas de clientes, extractos bancarios, planos... nada que sirviera para decapitar una reputación. Frustrada, golpeó la superficie del mueble. Al hacerlo, notó que el cajón inferior, el que siempre estaba
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