Capítulo 36Fernando Valeriano se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del recibidor, aunque no tenía ninguna reunión de negocios programada. En su mente, el plan era infalible. Había lanzado el anzuelo —la llave de hierro y las fotografías— y conocía a Sofía lo suficiente, o eso creía él, para saber que la curiosidad y el miedo la arrastrarían de vuelta a su puerta.—Vendrás, Sofía. Siempre vuelves —murmuró para sí mismo, observando el desorden de su sala, que ahora le parecía pequeña, casi asfixiante, comparada con las imágenes que había visto de la mansión Ríos.Cuando el timbre sonó, una sonrisa lenta y triunfal se extendió por su rostro. Era una expresión cargada de una arrogancia que ocultaba su desesperación. Se tomó un momento, aclaró su garganta y abrió la puerta con la lentitud de quien se siente ganador.—Sabía que no tardarías... —empezó a decir, pero las palabras se le murieron en la garganta.Sofía estaba allí, de pie en el umbral, pero no era la mujer derrotad
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