Cuando Julieta vio llegar a Brandon, era demasiado evidente lo que había pasado en la junta. No era como si esperara algo distinto, pero, aun así, la confirmación fue dolorosa. —Estaré en mi despacho; que nadie me moleste, por favor —avisó él, subiendo las escaleras como si arrastrara en los pies el peso de dos grilletes. Tuvo el ligero impulso de seguirlo, de decirle cualquier cosa, quizás no hablar y solo abrazarlo, pero se detuvo. De cierto modo, entendía que este era un momento muy personal; algo que él tenía que asimilar por sí mismo. Sin embargo, no pudo contenerse cuando, minutos después, la calma de la casa fue interrumpida por el estruendo de objetos siendo lanzados al piso. —¡Brandon, ¿qué pasa?! —movió la manija de la puerta, encontrándola cerrada con seguro—. ¡Brandon, abre, por favor! —golpeó de nuevo. Más objetos eran lanzados en el interior del despacho y únicamente pudo agitarse ante el descontrol de su amigo. Más allá de las cosas materiales que estaban siendo dest
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