El auto se detuvo frente a la mansión Bianchi y, antes de que el chofer pudiera siquiera bajar, Brandon ya estaba fuera, rodeando el vehículo para abrirle la puerta.
Julieta no pudo evitar dibujar una pequeña sonrisa. Antes de su regreso, él ya había acosado al doctor con miles de preguntas:
—¿Qué debemos hacer para que esto no vuelva a suceder? ¿Es seguro que regrese a casa hoy mismo o deberíamos considerar una enfermera privada? —disparó Brandon sin respiro, verdaderamente preocupado—. Dígame