Agata—¿Tu… prometida? —No, no lo es —insistió él, molesto, mirando a la mujer.Marisa. Una hereje… como él. Los herejes elegían a sus mujeres o, peor… las cazaban. Otra vez, las historias que había escuchado sobre ellos.Crueldad.Violencia.Rechazo a la sagrada diosa que me dio mis poderes.Aristides me miraba fijamente; sus ojos me pedían que le hablara en la mente, que escuchara lo que tenía para decir. No quería escucharlo.—¿Qué dices, Aristides? ¿Cómo que no soy tu prometida?—Respeta a tu mujer, guerrero —gruñó Pascal, alejándose para mandar a otros guerreros.Me quedé allí, sin saber qué decir. Él y yo no éramos nada, ¿no? Yo no le debía nada, ni él a mí. Y, sin embargo, esa noticia fue como un balde de gasolina sobre mí, y sentí como si después me prendieran fuego.Quizás me había acostumbrado a las atenciones del guerrero. A sus manos rozando las mías, sus ojos fijos en mí, su… ropa en mi piel. Su beso.¿Qué demonios me sucedía?—El guerrero me ayudó, eso es todo —indiqué
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