GaelTiziano no dijo nada, pero los hombres lobos conocíamos el olor del miedo, y el suyo se sentía en el aire mientras los cuatro lobos avanzaban despacio, olfateando con movimientos idénticos. Yo seguía en el suelo, atento. En la naturaleza, los depredadores sabían cuándo ya no eran los más fuertes y debían quedarse quietos.Se acercaron primero a él, rodeándolo con una lentitud que a cualquiera le habría helado la sangre en las venas, mientras Tiziano se mantenía erguido con arrogancia. Los lobos hundieron sus hocicos cerca de su pecho y de sus piernas, y uno de ellos rozó los dientes contra sus manos. Pero después de un instante que se sintió eterno, los tres retrocedieron al mismo tiempo, y sus ojos de piedra, rojos como el fuego, se volvieron hacia mí con una atención que no esperaba, mientras Tiziano soltaba un jadeo, como si esperara verme destrozado por aquellas criaturas. Yo también lo temí.Los lobos avanzaron hacia mí sin vacilación alguna, me rodearon y olfatearon con cui
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