GaelCuando sentí el aire en la cara, soñé que era un susurro de mi amor. Pero al abrir los ojos, pesadamente, entendí que era solo el aire de afuera.De alguna manera había salido de la montaña, aunque no entendía cómo. A mi espalda, la montaña expulsaba lava que se había desparramado hacia los costados, pero donde estábamos nosotros seguía en pie. La tierra era negra, los árboles a lo lejos estaban desnudos. Pero estaba vivo. Era un milagro.—¿Cómo...? —pregunté en voz alta, y algo que se movía más allá. No eran piedras: era el lobo de ónix, resplandecía como si la piedra tuviera mil lados, mil caras, cada una más extraordinaria que la anterior.—¿Me salvaste? —se acercó a mí, y ahora sus ojos eran plateados. Sonreí—. Mi esposa es de Ciudad Ónix, la manada que representas, ¿por eso lo hiciste? —pregunté, y él inclinó el hocico hacia la herida de mi marca. Quise llorar de alegría— Gracias… gracias.—Es un guardián —susurró Iker dentro de mí, y me sentí aún más feliz. No quise apurar
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