Ágata Me había perdido en visiones y no sabía cuánto tiempo había pasado. El aire estaba en todas partes, en el ambiente, en cada partícula, en cada persona, y eso me incluía a mí misma. El fuego se había apoderado de mi cuerpo y de mi mente, como si fuera un invasor, un virus maligno que tomaba cada célula de mi cuerpo. Pero el aire estaba ahí, como pequeños guerreros invisibles luchando por reconquistar cada parte de mí, y si el fuego intentaba quebrar mis huesos, el aire enmendaba; si el calor buscaba derretir mis músculos, el aire combatía y creaba fortalezas.Las hechiceras nacemos con nuestros poderes, es parte de nuestra genética, diría la doctora Julieta. Una hechicera no se hacía, era desde el comienzo. Y así como había una batalla bajo mi propia piel, también había una batalla afuera.—Ágata, te necesitamos, vuelve, por favor —me rogaba Julieta, y desde afuera retumbaba la marcha de los lobos guerreros y vampiros. Protegerían la ciudad a toda costa, el rey ya debía haber ma
Leer más