Me giré y miré a Vanda, que esbozó una sonrisa burlona y se acercó.–Entonces, además de ofrecida, ¿también eres una fisgona?–La enfrenté sin mostrar sorpresa, miedo ni culpa, y respondí con calma y tranquilidad.–Dália pidió hablar con su padre. Solo vine a llamar al señor Leonardo, pero veo que está ocupado. Volveré más tarde. Con permiso–Intenté pasar junto a ella, pero Vanda bloqueó mi camino, colocándose frente a mí y mirándome con hostilidad.–Ya entendí cuál es tu juego aquí, “niñera”. Pero, como te dije antes, esta casa ya tiene dueña, y no eres tú.Esbocé una sonrisa sarcástica y provocadora, crucé los brazos y la miré de vuelta.–¿Y quién es la dueña? ¿La señora Carla… o tú?Ella retrocedió, y mi sonrisa se hizo aún más amplia.–Yo también entendí tu juego, “secretaria”. Un cliché clásico, en realidad: la secretaria que se enamora del jefe, intenta seducirlo y ocupar el lugar de la esposa. Pero llevas años aquí, ¿no? Y por lo que veo, tu plan de conquistar a tu jefe y conv
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