Capítulo 31. El quiebre de la lógica.
Víctor no perdió ni un segundo más.
El viento de la montaña amenazaba con congelarlos en el sitio. La temperatura seguía bajando en picada.
—Arriba —ordenó él.
Mariana no se movió. Su frente seguía apoyada en la clavícula dura del ruso. Sus ojos estaban cerrados. El letargo la estaba tragando entera.
Víctor flexionó las rodillas. Metió su hombro derecho por debajo de la axila izquierda de Mariana.
Usó la fuerza brutal de sus cuádriceps y de su espalda baja. Se levantó de golpe. Arrastró el cuer