Capítulo 36. El escape del lobo.

El pitido del reloj digital rompió el silencio oscuro de la habitación.

Cinco de la mañana.

Lidia abrió los ojos de golpe. No parpadeó dos veces para adaptarse a la penumbra. La realidad la golpeó de frente como un bloque de cemento. Su hermana seguía perdida en la montaña helada.

Se sentó en el colchón de un salto. Sus músculos protestaron con una punzada sorda por el esfuerzo físico de la noche anterior en la ducha. Ignoró el dolor. Tiró las sábanas a un lado.

Alexander ya estaba despierto. E
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