Capítulo 33. Eres mía por fin.
Lidia soltó un grito agudo que rebotó en los cristales de la ducha. Tiró la cabeza hacia atrás. Su nuca chocó contra el mármol. Sintió una leve incomodidad que se disolvió en un milisegundo, arrollado por una ola de placer denso y aplastante.
Alexander empezó a moverse. Rápido. Duro. Implacable.
Cada embestida chocaba contra la pared de piedra. El sonido de la piel húmeda golpeando contra la piel llenó el espacio por encima del ruido del agua cayendo.
Lidia se aferró a los hombros del magnate.