Capítulo 34. Deseo ardiente.

La luz gris del amanecer cortó la oscuridad del bosque.

Se filtró por la abertura de la grieta de piedra y tierra.

Mariana abrió los ojos despacio. El letargo del frío había desaparecido por completo. Su cerebro lógico se encendió, procesando los datos de su propio cuerpo en un segundo.

No sentía frío. No estaba temblando.

Sentía un peso inmenso aplastándola contra el suelo duro. El olor a tierra húmeda, sudor masculino y peligro inundaba el espacio minúsculo.

Víctor Alcázar estaba acostado dir
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