El reloj del comedor marcaba las ocho de la mañana en punto. El ambiente estaba tan tenso que casi se podía masticar.
Vanessa entró pisando fuerte, con un traje sastre impecable color beige y una sonrisa arrogante pintada en su boca. Se sentó a mi derecha, cruzó las piernas, pidió su té negro sin mirarnos y actuó como si ya fuera la dueña absoluta de la mansión.
Isabella estaba sentada a mi izquierda, tomando su café con una calma que me llenaba de orgullo. Habíamos planeado esta confrontación