ISABELLA
Me desperté sintiendo el cuerpo pesado, pero por primera vez en dos días ya no me dolía la cabeza. La luz de la mañana entraba suave por las cortinas del cuarto, pintando rayas doradas sobre las sábanas, Damián estaba sentado en la orilla de la cama, mirándome en silencio. Ya no traía su típica vestimenta de CEO; llevaba unos pants grises y una camiseta negra ajustada, viéndose más humano que nunca.
Me sonrió de lado cuando vio que abrí los ojos.
—Buenos días, dormilona —me dijo, pasán