Mientras el lago todavía humeaba y las sirenas de la policía se convertían en un eco lejano, el silencio reinaba en un ático de cristal en el corazón financiero de la ciudad. Allí, donde el aire estaba filtrado y el ruido del mundo exterior no se atrevía a entrar, Vince Van Camp observaba una sola pantalla. No había gráficos de bolsa, ni noticias, ni correos. Solo una barra de progreso que se había detenido al 99%.Vince no era un hombre de arrebatos. Su poder no residía en el grito, sino en el susurro y en la paciencia. A diferencia de Arthur Imperial, que amaba el brillo del oro, Vince amaba la arquitectura del control. Para él, Julia y Marcus no eran hijos, sino extensiones de su propia voluntad, peones que había movido durante décadas con la frialdad de un gran maestro de ajedrez.—Se acabó, señor —dijo una voz suave a sus espaldas.Vince no se giró. Sabía perfectamente quién era. Solo un hombre tenía el código de acceso a su santuario privado, y ese hombre acababa de traicionar a
Ler mais